Almaviva es uno de esos vinos cuya historia empieza mucho antes de que alguien plante una viña.
Para encontrar su origen hay que irse a la Francia del siglo XVIII y buscar a Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais. Allí aparece por primera vez el conde de Almaviva, uno de los protagonistas de El barbero de Sevilla y, más tarde, de Las bodas de Fígaro.
En la primera obra, Almaviva es un joven aristócrata enamorado de Rosina. Con la ayuda de Fígaro consigue conquistarla y casarse con ella. Hasta aquí, una comedia romántica bastante reconocible.
Pero pasan los años.
Cuando comienza Las bodas de Fígaro, Rosina ya es la condesa de Almaviva y nuestro conde ha perdido buena parte de aquel romanticismo. Ahora pretende seducir a Susanna, precisamente la prometida de Fígaro.
Y aquí la historia empieza a ponerse interesante.
Porque Beaumarchais no escribió simplemente una comedia de enredos. Utilizó a Fígaro para cuestionar los privilegios de la aristocracia francesa. Un criado podía ser más inteligente, más hábil y tener bastante más sentido común que su señor. La obra se estrenó en París en 1784 después de años de problemas con la censura. Faltaban cinco años para la Revolución Francesa.
Dos años después, Mozart convirtió aquella historia en Le nozze di Figaro.
El conde de Almaviva había pasado de la literatura al teatro y del teatro a la ópera.
Y más de doscientos años después terminó dando nombre a uno de los grandes vinos de Chile.
En 1997, Baron Philippe de Rothschild, propietario de Château Mouton Rothschild, y Viña Concha y Toro crearon un proyecto conjunto en Puente Alto, a los pies de los Andes.
La idea era bastante ambiciosa: llevar a Chile el concepto bordelés de château. Un viñedo, una bodega y un equipo dedicados a elaborar un gran vino alrededor de un lugar concreto.
La primera cosecha había sido 1996.
Lo llamaron Almaviva.
Y aquí aparece uno de esos pequeños detalles que cambian por completo una etiqueta cuando alguien te los cuenta.
La palabra Almaviva que vemos escrita en la botella reproduce la propia caligrafía de Beaumarchais.
No es una tipografía elegida para darle un aire clásico. Es su escritura.
Encima aparecen tres símbolos procedentes de la tradición ancestral chilena, relacionados con una antigua visión de la tierra y el cosmos.
En una sola etiqueta están las dos partes del proyecto: Francia y Chile.
Pero hay otro detalle que hace todavía más interesante la elección.
Philippine de Rothschild, una de las personas que impulsaron la creación de Almaviva, había sido actriz profesional antes de hacerse cargo de los negocios familiares. Durante años actuó en Francia bajo el nombre de Philippine Pascal.
No sabemos hasta qué punto aquello influyó en la elección del nombre, pero la coincidencia es demasiado bonita como para pasarla por alto: una actriz francesa acaba creando en Chile un vino llamado como uno de los grandes personajes del teatro francés.
Y quizá por eso Almaviva se entiende mejor cuando dejamos durante un momento de hablar de vino.
Porque dentro de la botella también existe ese diálogo entre los dos mundos.
Está el Cabernet Sauvignon, inevitablemente ligado a la tradición bordelesa, pero aparece también la Carménère, una variedad que formó parte del viejo viñedo de Burdeos y que prácticamente desapareció allí después de la filoxera. Chile terminó convirtiéndose en su nueva casa.
Francia y Chile vuelven a encontrarse.
Almaviva ha sido, personalmente, uno de mis grandes descubrimientos de los últimos años. Y también una de esas bodegas que recomiendo cuando alguien me pregunta dónde encontrar fuera de Francia algo de la elegancia que asociamos a Burdeos, pero sin buscar una copia. Porque aquí aparece otra cosa: esa tensión andina, una sensación de frescura y energía que cambia por completo el vino.
Eso es probablemente lo que más me interesa de Almaviva. No intenta ser Mouton Rothschild elaborado al otro lado del Atlántico. Utiliza parte de la gramática de Burdeos para contar un territorio completamente distinto.
Por eso, antes de probar una copa de Almaviva, merece la pena mirar durante unos segundos la botella.
Ese nombre nos lleva a Beaumarchais, a Fígaro, a un conde bastante incorregible, al París anterior a la Revolución Francesa y a Mozart. Los símbolos nos devuelven a Chile. Después aparecen los Rothschild, Concha y Toro, los Andes, Puente Alto, el Cabernet Sauvignon y la Carménère.
Y solo entonces llegamos al vino.
La botella vuelve a ser la última página de la historia.
Roberto Lorente Ucar
