Pocos viñedos tienen tanta historia documentada y leyenda a partes iguales. No os voy a negar mi predilección por este viñedo: para mí, el mejor viñedo de uva blanca del mundo.
Esta parcela, con 1,57 hectáreas de felicidad, es oficialmente llamada así desde 1937, aunque la plantación de viñedo, concretamente en esta parcela, se remonta a los monjes cistercienses en el siglo XVII.
Tengo la suerte de que la bodega que importamos para España en The Wine Pilot, Prosper Maufoux, cuenta con 2,5 hileras de viñedo, lo que supone unas 250 botellas cada año.
En cuanto a una de las leyendas que rondaban entre juglares y trovadores en la época medieval, es la que descubrí gracias a mi amigo Wine Rober: el propietario de la época dividió los viñedos entre sus hijos, quedándose el hijo legítimo con la parte principal (Montrachet) y el hijo bastardo con la parcela más pequeña (Bâtard).
En cuanto a la palabra Criots, hace referencia al término local para denominar la tiza o la piedra, en alusión al suelo pedregoso y calcáreo de la parcela.
No suelo hablar de aspectos técnicos, pero en este caso sería casi un delito no hacerlo, dada la importancia de los marcadores aromáticos propios de este vino.
El perfil aromático del Criots-Bâtard-Montrachet evoluciona con el tiempo, pero siempre mantiene una intensidad y una complejidad notables.
He tenido la suerte de probar este vino de parcela en varias ocasiones. En su juventud se pueden encontrar notas frutales de manzana, pera y melocotón, aromas de flores blancas y una marcada mineralidad, propia de sus suelos calcáreos.
Con el paso del tiempo, los aromas de evolución se orientan hacia los frutos secos, como avellana, almendra y nuez tostada, y, sobre todo, hacia la mantequilla: mantequilla en cualquiera de los objetivos de los más ambiciosos pasteleros, desde croissants hasta los más finos brioches, aromas posiblemente derivados de la fermentación maloláctica y de la autólisis de las lías.
