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Una tarde con Willy Pérez y los vinos de M. Antº de la Riva: Historia, pasión y Macharnudo, por Roberto Lorente.

Hace unas semanas tuve la inmensa fortuna de pasar unas horas con mi amigo Willy Pérez, adentrándome en los extraordinarios vinos que elabora junto a Ramiro Ibáñez bajo el sello de M. Antonio de la Riva. La visita al emblemático pago de Macharnudo y sus alrededores no fue solo un recorrido por viñedos, sino un viaje en el tiempo, guiado por dos de las mentes más lúcidas del Jerez contemporáneo.

No pretendo repetir lo que fácilmente podéis encontrar en Google o ChatGPT —sería absurdo—, sino compartir esas vivencias únicas que solo surgen cuando recorres la zona de la mano de estos dos genios. Que la envidia, si acaso, sirva de acicate para que algún día viváis algo similar.

Para mí, la puerta de entrada al mundo del vino es la historia. Necesito entender el origen, el contexto, los avatares del pasado y los pequeños detalles que explican el presente. Solo así puedo apreciar en su justa medida lo que hoy tenemos delante.

Manuel Antonio de la Riva: un visionario en tiempos convulsos.


Nacido en Ruiloba (Cantabria) en 1838, Manuel Antonio de la Riva llegó a Jerez con solo 20 años para dedicarse al negocio del vino. Fundó la bodega M. Antonio de la Riva —aunque en aquel lugar ya se elaboraba vino desde 1776—, que pronto destacó por sus excepcionales vinos añejos, según atestiguan Los Patios de la Riva, su casa familiar. Hoy, este lugar, meticulosamente conservado y restaurado, incluso ofrece la posibilidad de alojarse entre sus muros cargados de memoria.

Para contextualizar su vida: cuando Manuel Antonio nació, España aún respiraba entre los ecos de la Guerra de la Independencia (1808-1814), aquel conflicto en el que, como bien apuntas, los franceses invadieron —pero no conquistaron— el país. Gobernaba entonces Isabel II, una reina niña de apenas ocho años, bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón. Sí, esa misma de la canción que, años después, durante las Guerras Carlistas, se popularizaría con aquel «María Cristina me quiere gobernar…».

Entre guerras y vaivenes políticos, Manuel Antonio logró elevar su bodega a los más altos estándares de calidad, atrayendo la admiración de toda la región. Hoy, esa misma excelencia resurge de la mano de Willy y Ramiro, quienes no solo han recuperado su legado, sino que lo han proyectado al mundo con una fuerza renovada.

Vinos que hablan de Jerez (y del mundo).


Elaboran finos, manzanillas y vinos de pasto, pero hay uno que destaca por su singularidad: el Macharnudo San Cayetano. Este vino hace historia al ser el primero de Jerez en comercializarse a través de la Place de Burdeos, el prestigioso canal de distribución bordelés. Beberlo es una experiencia casi mística: no hace falta gritar para tocar el cielo, porque su elegancia y profundidad lo elevan por sí solas.

Queda tanto por contar sobre esta bodega —sus suelos albarizas, sus criaderas, la paciencia artesanal que impregna cada botella— que prometo hacerlo poco a poco, en dosis saboreadas, como se disfruta un buen vino. Porque, al fin y al cabo, ¿hay mejor máquina del tiempo que una copa llena de historia, terruño y pasión?

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