Como gran amante de la obra cervantina y del buen vino, me apetecía crear este encuentro entre ambos mundos. Cervantes, en la obra de El Quijote de la Mancha, menciona la palabra «vino» hasta en 43 ocasiones, cobrando especial relevancia las aventuras con los cántaros de vino, pensando que son gigantes, y su bálsamo de Fierabrás. Cuando el dios Baco paseaba de la mano con Don Quijote por los campos de La Mancha, decía que si salía al alba por los campos de Montiel en busca de gigantes y follones a los que enfrentar con su espada, cómo no iba a toparse con el vino.

Decía que “sería grave error, ya que no pecado y no venial ni disculpable, hacer alusión a la gastronomía sin hacer parada en los vinos manchegos que alegran y dan alegría a las mejores mesas”. También libró alguna que otra batalla con esos cueros llenos de vino que tenían almacenados en las ventas donde terminaba convaleciente de sus delirios. Bien sean esos recipientes de piel de cabra o cordero por lo general, cosidos, el porrón, las damajuanas o las botas, el tema es que siempre nos las hemos ingeniado para tener recipientes donde conservar y beber el vino.
Volviendo al bálsamo de Fierabrás, era una pócima milagrosa que se hacía con vino, romero, sal y aceite, con la que también se dice que fue embalsamado Jesucristo. Sancho Panza, por lo visto, es un fiel representante de la cultura popular y la vida sencilla frente a las aspiraciones caballerescas idealizadas de Don Quijote. A lo largo de la obra, Sancho bebe vino con refinamiento, defiende los vinos de La Mancha y recibe consejos de su amo sobre la moderación. Incluso en el capítulo 43 de la segunda parte, Sancho Panza es elogiado por su capacidad de catar y valorar un buen vino.
Para cerrar, quiero hacer un brindis por el buen vino de La Mancha y nuestra obra maestra universal de la literatura española.
