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Lynch-Bages: cuando un pueblo se convierte en vino

Hay pueblos que nacen alrededor de una iglesia. Otros, alrededor de un castillo. Y luego está Bages, que parece haber decidido hace siglos que su verdadera religión sería el vino.

Estamos en Pauillac, en el corazón del Médoc, frente a Lynch-Bages, uno de los nombres más reconocibles de Burdeos. Pero para entender esta bodega hay que empezar por otro sitio.

Por el pueblo.

Porque antes de Lynch estuvieron los Bages.

Las primeras menciones escritas de las tierras de “Batges” aparecen ya en el siglo XVI, en antiguos registros territoriales de Lafite. Por entonces aquello era un pequeño caserío de viticultores. Nada de Grand Cru Classé, puntuaciones de 100 puntos ni botellas custodiadas como si fueran piezas de museo.

Solo tierra, viñas y gente trabajando.

Y quizá ahí empiece realmente la historia.

Durante el siglo XVII, Jean Déjean y su hermano Pey comenzaron a reunir las parcelas que rodeaban el caserío. Después llegó un irlandés.

En 1750, Thomas Lynch adquirió el Domaine de Bages. Su familia permanecería vinculada a la propiedad durante varias generaciones y de ahí acabaría naciendo el nombre que hoy conocemos: Lynch-Bages.

Pero Burdeos tiene una curiosa manera de hacer que las historias nunca terminen donde uno espera.

Porque después de los Lynch llegaron los Cazes.

La familia procedía del Ariège, en los Pirineos. Jean Cazes llegó a Pauillac en 1875. No llegó con una gran fortuna ni con un plan para convertirse en una dinastía del vino. Llegó buscando trabajo.

Y terminó formando parte de una de las grandes historias familiares del Médoc.

En 1939, Jean-Charles Cazes adquirió Lynch-Bages después de haberla gestionado como arrendatario. Su hijo André continuó el proyecto y Jean-Michel Cazes, a partir de 1973, sería quien cambiaría definitivamente la dimensión de la propiedad.

Jean-Michel entendió algo que hoy parece obvio, pero que entonces no lo era tanto.

Que un gran vino también necesitaba salir de su château.

Viajó por el mundo, promocionó Lynch-Bages, construyó una red internacional y convirtió la propiedad en uno de los grandes embajadores del Médoc.

Y entonces ocurrió algo bastante surrealista.

En 1985, una media botella de Lynch-Bages 1975 viajó al espacio a bordo de la lanzadera estadounidense Discovery, acompañando al astronauta francés Patrick Baudry.

1985.

Mi año, por cierto.

No sé si es una señal o simplemente una extraordinaria coincidencia. Pero me gusta pensar que el año en que yo llegaba al mundo Lynch-Bages decidió que la Tierra se le quedaba pequeña.

Y hay otra razón para recordar aquel 1985.

La añada fue elegida Wine of the Year por Wine Spectator en 1988.

No está mal para una botella que, unos años después, terminaría viajando fuera del planeta.

El vino, por cierto, tiene un curioso sentido del humor.

Pero quizá el proyecto más fascinante de Jean-Michel Cazes no estaba dentro de la bodega.

Estaba en Bages.

A comienzos de los años 2000 decidió recuperar el pequeño pueblo de su infancia. En 2003, cuando estudiaba la ampliación de Lynch-Bages, vio la oportunidad de salvar aquel conjunto de edificios cuya historia estaba íntimamente ligada a la viña.

Y aquí aparece una de las ideas que más me interesan de Lynch-Bages.

Cazes no quiso construir un parque temático del vino.

Quiso devolverle vida a un lugar.

Restauró edificios y creó alrededor de la plaza un pequeño universo de gastronomía, vino, comercio y hospitalidad. El Café Lavinal, por ejemplo, lleva el nombre de su abuela Berthe Lavinal.

La plaza central tampoco es casual. Está dedicada a Jean Odule Paulin d’Esquet, figura histórico-legendaria a quien la tradición atribuye la creación, alrededor del año 1000, de la Commanderie du Bontemps du Médoc.

De repente uno llega buscando una botella de Pauillac y se encuentra caminando por una historia que empieza hace más de mil años.

Eso es lo que me gusta del vino cuando deja de ser solamente vino.

Que detrás de una etiqueta puede aparecer un pueblo. Detrás del pueblo, una familia. Detrás de la familia, una época. Y detrás de todo eso, una manera de entender el mundo.

Lynch-Bages tiene además otra historia que parece escrita para explicar esa mezcla entre pasado y futuro.

En la propiedad todavía se conserva el antiguo chai Skawinski, construido en el siglo XIX. Durante décadas fue el corazón técnico de la elaboración. En los años setenta, Jean-Michel Cazes comenzó a modernizar las instalaciones y Lynch-Bages entró en una nueva etapa tecnológica.

Pero en lugar de borrar el pasado, decidieron convivir con él.

Y el futuro llegó de la mano de la arquitectura.

El nuevo chai fue desarrollado junto a Chien Chung Pei, Didi Pei, hijo de Ieoh Ming Pei, el arquitecto de la pirámide del Louvre. La relación entre ambos había comenzado años antes, cuando Didi Pei visitó el Médoc y descubrió que detrás de aquel empresario había también un apasionado del vino.

El proyecto comenzó a tomar forma en 2017.

El primer vino elaborado en las nuevas instalaciones fue Lynch-Bages 2020.

Una fecha bastante apropiada para una bodega que parece vivir permanentemente entre dos tiempos.

El 2020 es, en cierta manera, el futuro construido sobre el pasado.

Y luego están las botellas.

Lynch-Bages es uno de esos vinos que han conseguido algo bastante incómodo para la clasificación de 1855: comportarse muchas veces como algo más grande de lo que su etiqueta dice.

El 1985 ocupa un lugar especial. También el 1989 y el 1990, dos añadas que consolidaron definitivamente su reputación. Después llegarían otros grandes años, como 2000, 2005, 2009 y 2010.

Pero quizá la cuestión no sea decidir cuál es la mejor añada.

Eso sería demasiado fácil.

La pregunta interesante es qué ocurre cuando un vino consigue sobrevivir a las personas que lo hicieron.

Thomas Lynch ya no está.

Jean-Charles Cazes tampoco.

Jean-Michel Cazes pertenece ya a otra generación.

Las viñas, sin embargo, siguen ahí.

Y las botellas también.

Una de ellas viajó al espacio.

Otra, nacida en 1985, coincide exactamente con mi año.

Y otras seguirán esperando en una bodega mientras nosotros hacemos lo que hacen los humanos desde hace siglos: intentar explicar con palabras algo que, en realidad, ocurre dentro de una copa.

Quizá esa sea la verdadera historia de Lynch-Bages.

No la de un château que ha conseguido permanecer inmóvil mientras todo cambiaba.

Sino la de un lugar que ha sabido cambiar sin dejar de recordar de dónde viene.

Primero fue un pueblo.

Después fue un viñedo.

Después llegó Lynch.

Después los Cazes.

Y alrededor de todo ello fueron apareciendo la gastronomía, la arquitectura, la tecnología, los viajes y la cultura.

Bages no se limitó a producir vino. Terminó construyendo una vida alrededor de él.

Y quizá eso sea lo que distingue a los grandes territorios vinícolas.

No solamente que produzcan grandes botellas.

Sino que, cuando uno se marcha, tenga la sensación de haber estado en algún sitio.

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