Cuando leí por primera vez La Cata de Roald Dahl, me gustó. Cuando lo volví a leer, después de conocer la biografía del autor y contextualizarlo, pude disfrutar de cada palabra en primera persona, como si estuviese en esa cena, con esos personajes. Como si pudiese oler el vino y degustar la comida, hablando sobre las banalidades de la vida y disfrutando de cosas sin importancia.
Roald Dahl ha vendido más de 300 millones de copias, y saber que La Cata fue publicada por primera vez en la revista estadounidense Ladies’ Home Journal en 1945 y posteriormente en The New Yorkeren 1951, me hace sentir que cuando escribes magia y la lanzas al mundo, la propia existencia se encarga de todo.
Es curioso, porque este señor, cuatro años antes de publicar este libro, durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó como piloto de las fuerzas aéreas británicas. Sin embargo, en septiembre de 1940, un accidente mientras trataba de aterrizar en medio del desierto le provocó una fractura de cráneo y una ceguera temporal de la que se recuperaría ocho semanas más tarde.
A Dahl, que también escribió Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda, le gustaba el vino y tenía un gran interés por él, considerándolo parte de su búsqueda de cultura y refinamiento. Era conocido por su conocimiento y aprecio por los buenos vinos, especialmente los del Rin y el Mosel, y participaba en cenas donde se servían vinos raros y difíciles de encontrar.
Veía el conocimiento sobre vinos como parte de su educación y cultura general, buscando ser reconocido por su buen gusto en la materia.
Se describía a sí mismo como un «gourmet» y participaba en una sociedad secreta llamada «Los Epicúreos», donde se compartían conocimientos sobre comida y vinos, además de organizar cenas especiales. No es fácil encontrar información sobre estas cenas, de ahí que fuera secreta, pero sabiendo leer entre líneas ciertos textos de este autor, podremos ver de dónde viene su inspiración, que en este caso no es divina sino muy terrenal.
Por cierto, Epicuro era un filósofo griego que se centraba en la búsqueda de la felicidad a través del placer, pero no cualquier tipo de placer. Los epicúreos creían en un placer moderado y la ausencia de dolor, tanto físico como mental, como el camino hacia la tranquilidad y la felicidad duradera. Una especie de hedonismo controlado y moderado, vamos, el que me gusta a mí.
