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THE PILOT (III)

Por R.A.Raga

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Pierre, Pierre. Despierta. Pierre reposaba la cabeza sobre el logo del DB9. Apenas lograba mantener el equilibrio en las curvas, pero no parecía importarle. Reduje la velocidad. Los carteles indicaban que nos aproximábamos a Lyon. Et alors? Pierre trató de reincorporarse de aquel escorzo imposible, su flexibilidad era asombrosa, casi tanto como la confianza que depositaba en mí, o al menos, esa era mi percepción. Yo no le recordaba a él, así que me resultaba poco verosímil que él me conociera, pero así era. Pierre ¿cuánto falta? Ligeramente aturdido, con esa confusión de quien despierta del sueño una vez ha anochecido, acertó a decir sus primeras palabras. Para en Lyon, cenaremos aquí, conozco un buen restaurante, pero ahora sigue, atravesaremos la ciudad, está justo al norte. Llevábamos horas conduciendo. Primero él, después yo, de nuevo él, ahora yo. Pierre quería atravesar todas las ciudades, pueblos, campos, saludar a niños y ancianos, parar en cafés, bodegas, restaurantes, hablar con unos y con otros, amigos o no, que yo viera, observara, tratara de reconocer, cualquier detalle podría servirnos, pero no, nada de eso funcionó.

El DB9 entró en contacto con el empedrado, esa sensación de volar a través de turbulencias que tan bien conocía. La suspensión del coche amortiguaba rígidamente los cúmulos pétreos de la calzada lionesa, las farolas alumbraban unas aceras recién mojadas -o quizás era humedad-, las fachadas iluminadas se sucedían en simétrica uniformidad decimonónica -vestigios de otro mundo-. Hoy dormimos aquí, Tom. Mañana emprendemos el camino a Chablis. Las fotos, Tom. Ese día abrimos varias botellas. Debemos probar una. Recordarás. Ya verás cómo conseguirás hacerlo. Por ahora sólo recordaba el accidente, un rostro, unas manos, unos labios, su melena lacia y rubia, unos ojos cristalinos, y un terciopelo que marcaba sus infinitas piernas.

Gira a la izquierda, hacia el puente, muy bien. Nos habíamos alejado ya del centro y Pierre se mostraba cada vez más animado. Te va a gustar. Al cruzar a la otra orilla, giramos hacia la derecha y al cabo de unos cuantos metros se nos apareció un pequeño conjunto de casa bajas, una suerte de albergue, iluminado, pintado con colores vivos. On y est arrivé! Bienvenido a chez Bocuse.

Caminamos a través de los distintos salones, todos ellos perfectamente iluminados, paredes y techos con pinturas al fresco, papeles que engalanaban cada estancia, cuadros y motivos antiguos, detalles dorados que, con discret charme bourgeois, cubrían cada centímetro de aquellas estancias. On dirait revolutionnaire! De la Revolución francesa, amigo. Tomamos asiento y Pierre pidió la primera botella de vino: Chablis Louis Robin Premier Cru Vosgros. Merci. Te voy a contar una historia, Tom. Pierre pidió dos menús degustación, tomó un poco de mantequilla y la untó con sumo cuidado sobre un trozo de pan. Pierre estaba hambriento. Yo sólo quería recordar. Est-ce que tu te rends compte, Tom? La Revolución francesa es nuestra madre ideológica, pero la idiosincrasia de un pueblo es inherente a las personas. No hay ningún proceso revolucionario que la pueda cambiar. En el fondo, el francés de hoy es igual al anterior a la Revolución. Y si no, ¿cómo explicas que la Revolución más cruenta y rompedora que haya existido jamás no lograra arrebatar el gusto por el lujo, el hedonismo y el buen vivir de los franceses? Evidemment. La historia es la siguiente. El sumiller llegó con la botella de vino y tras la cata pertinente, sirvió una pequeña cantidad en la copa de Pierre. Atento, concentrado en aquel líquido ligeramente dorado, Pierre esbozó una sonrisa que traslucía una inmensa felicidad. Empezaba a conocer a Pierre. O mejor dicho, a volver a conocer a Pierre.

Antes de la Revolución francesa todos los viñedos de Chablis, los mejores quiero decir, pertenecían a… a los curas. ¿Cómo se dice en español? Al clero. Exacto. Cuando llegó la Revolución fueron expropiados y vendidos a los viticultores. Todos menos uno. Dice la leyenda que la congregación del abbé Jean tenía una parte importante de aquellas tierras. Aquel abad era un tipo fuerte, valiente, un hombre robusto, alguien con mucho apego a la tierra -creación de Dios-, su fe en el vino era mayor -o al menos igual- a su fe religiosa. Es más, la tierra, la vid, el propio vino, era su medio para amar a Dios, para alcanzar la Salvación. Cuando llegaron los girondinos, el abad supo que la congregación debía adaptarse a los nuevos tiempos para sobrevivir. Nada iba a ser como antes, pero ellos iban a lograr adelantarse. El abad trazó, en ese momento, un plan secreto.

Aquel vino estaba verdaderamente delicioso y la ensalada de langosta era un marco sublime para aquella historia.

Jean vendió parte de las obras pictóricas y esculturas de los Hermanos, colgó los hábitos para sorpresa de muchos y abandonó la congregación, cambió su nombre, se dejó crecer la barba, se afeitó el pelo por completo y emprendió su marcha a Lyon. Quería confundirse con los campesinos locales. Al cabo de pocas semanas, entró a trabajar en la casa del Marqués de X. Las noticias de las reformas iniciadas por los girondinos llegaban desde París alimentando las esperanzas y los deseos de libertad de aquellos de su misma y recién adquirida condición. Probé un sorbo más del Louis Robin y me dejé llevar. En un primer momento quedé paralizado. Inmediatamente, las palabras de Pierre comenzaron a invadir mi mente de forma nítida, como pequeños destellos de una lucidez recién adquirida. Entonces, le interrumpí.

Jean se enamoró de una joven criada genovesa que trabajaba al servicio de los marqueses, pero sus profundas convicciones religiosas impedían que su amor fuera más allá de una concepción platónica.

Voilà Tom. C’est ça! Cést ça! Bravo!

Al cabo del tiempo y con la llegada de los jacobinos, las tierras de los monjes en Chablis fueron expropiadas. Parte de esos terrenos fueron otorgados a los propios viticultores de la zona y otra parte fue sacada a subasta. Jean, alertado por sus antiguos compañeros de congregación marchó precipitadamente a Chablis. En su mente sólo tenía recuperar aquellos viñedos y el rostro de la preciosa criada.

Bravo, Tom! Vas-y! Continue!

Jean tomó el dinero que la congregación había conseguido esconder y compró parte de sus antiguas vides. Ahora podría elaborar de nuevo aquel vino, trabajar la tierra, un acto de amor que le acercaba más a su Creador.

Oui, Tom!

Únicamente le quedaba un objetivo. Volver a ver a aquella joven de la cual se había enamorado irremediablemente. Tomó el camino de Lyon, la buscó desesperadamente, día y noche, en posadas y albergues, por todas las tierras y propiedades de la flamante burguesía hasta que al final dio con ella. Cuando la vio supo que ya no quería pasar un día más sin tenerla a su lado.

Son nom, Tom! ¿Cómo se llamaba?

Chiara.

Paré mi discurso, bebí vino, miré a Pierre, estaba agotado, exhausto, había logrado recordar, pero necesitaba reponerme.

Et voilà, messieurs: la soupe aux truffes VGE.

Gracias, Monsieur Bocuse.

 

R.A.Raga

@sundaydandy

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2 Thoughts to THE PILOT (III)

  1. Francisco Responder 27 abril, 2018 en 10:13 pm

    Me he dejado llevar por el Louis Robin
    Y he disfrutado…

    #

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