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THE PILOT (V)  

Por R.A.Raga

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Madame Emma? Rachid llamaba al telefonillo pero nadie contestaba. A nuestro alrededor la gente paseaba ajena, como si no existiéramos, las tiendas abiertas, los escaparates con sus antigüedades, máscaras que nos observaban con mayor detenimiento que cualquiera de todas aquellas personas que caminaban apresuradas. Más allá de la primera reacción de sorpresa, Rachid había asumido con cierta normalidad toda la historia que le había contado. En realidad, no me había extendido en detalles. De hecho, tampoco podía dárselos. No los recordaba. Rachid esbozó una sonrisa y me abrazó. Tranquilo amigo, todos tenemos nuestros secretos y así debemos guardarlos. No sabía de mí mucho más que mi profesión, que me gustaba el café, los pains au chocolat y, de vez en cuando, una copa de vino tinto. Eso era lo que pedía cuando acudía a su bistrot.

Madame Emma? Rachid, se prestó a acompañarme. Entienda, Monsieur Tom, que yo no sé dónde vive usted pero alguna vez le vi junto a su mujer saliendo de ese edificio, por eso creo que debe ser su casa. Rachid continuaba llamando sin cesar. Quizás Emma había salido, quizás no volviera hasta dentro de unas horas, quizás no lo hiciera nunca. Pero ¿por qué pensaba de repente en Emma con tanta naturalidad? No la conocía. O al menos no era consciente de ello. Toqué con impaciencia la enorme puerta de madera. Igual así podía escucharme alguien, la señora de la limpieza, el portero, no importaba quién, lo importante es que alguien abriera, que pudiera hablar con cualquiera de ellos. Tranquil, Monsieur Tom. Ne vous inquiétez pas. On va résoudre ça très vite. En mi mente todavía sentía la copa de Gobillard et Fils, ese aroma de champagne que se mezclaba con el chocolate negro, profundo y amargo de la bollería. A pesar de todo, no lograba recordar.

La rue Jacob era angosta, tan sólo tenía una fila de coches para aparcar, los edificios ocultaban una luz que incidía con fuerza en aquella puerta, una luz reflejada desde la ventana del edificio de enfrente. En aquel momento, la ventana se movió, el sol golpeó en mi cara y la enorme puerta de madera comenzó a abrirse lentamente. Rachid se echó a un lado casi con miedo, pensó que podía salir un coche de dentro. Aún cegado por el sol, por esas milésimas de segundo que no me permitieron reaccionar, encontré delante de mí el rostro sonriente de una mujer. Monsieur Tom! Llevaba tanto tiempo sin verle. Su mujer me dijo que estaba enfermo y que no sabía cuándo se recuperaría. La mujer se mostraba exultante, no paraba de tocarme, de besarme, de abrazarme, parecía que quisiera cerciorarse de que era yo, de que aquella persona que tenía delante era efectivamente Monsieur Tom. Sus manos eran fuertes –estaba acostumbrada a trabajar con ellas-, sus facciones cortadas a navaja y marcadas por todos esos surcos que, más que arrugas, eran sendas de una experiencia que se multiplicaba con cada sonrisa. Un verre de vin, Monsieur Tom? Nos hizo pasar.

El diminuto apartamento de la planta baja tenía una iluminación tenue, los pasillos con las paredes inclinadas y le sable sous le pavé. Aquel piso olía a humedad. De hecho, era casi como estar en una bodega. Me acordé de Pierre y de sus viñedos, de su DB-9 y de Chiara. No había nadie en casa de los marqueses así que miré el reloj casi por defecto, en realidad no quería saber qué hora era. Me puso un vaso –no parecía muy limpio- y otro para Rachid. Él dijo que no bebía vino así que finalmente sólo me sirvió a mí. No pude ver bien la etiqueta, pero en un rincón de la cocina alcancé a observar una botella de André Delorme. Me la regaló usted, Monsieur Tom. ¿Ya no se acuerda? Claro, con tanto viaje. Aquella mujer no dejaba de sonreír, no había dejado de hacerlo desde el primer momento y todavía no sabía tan siquiera cómo se llamaba. ¡Qué más da!

Empezamos a hablar del tiempo. Aquella mujer no parecía tener prisa. Yo sólo esperaba que hablase de Emma, ver mi casa –si es que yo vivía allí-, salir de aquel pequeño espacio lleno de humedades. Pero todo aquello no debía importarle lo más mínimo. Allí estábamos los tres en torno a aquel vaso de vino, con la botella de André Delorme en el rincón, hablando de la limpieza de las calles, de los turistas que según ella “asolaban” París, del tráfico y de los nuevos planes que tenía la alcaldía para el centro. No quería presionar a aquella anciana, pero en algún momento tendríamos que hablar de otros temas. Quizás también a ella le resultaba todo un tanto extraño, pero lo disimulaba bien, no dejaba de sonreír ni de tratar temas banales. Todo era bonito o malo. No había recuerdos, ni planes de futuro, sólo valoraciones de una y otra cosa. Nada más. Debíamos terminar cuanto antes aquella botella. Ça y est? Et maintenant? Habían pasado ya casi treinta minutos desde que habíamos tomado asiento en aquella estancia decorada por algún coetáneo de Edith Piaf. Rachid nos miraba a ambos. Era obvio que él sí tenía prisa. Había dejado a un compañero atendiendo el bistrot pero tampoco podía demorarse mucho más. La botella de vino había llegado a su fin. ¿Y si abrimos la siguiente, Madame? Monsieur Tom! Vous êtes sérieux? Bien sûr! Me dijo usted que sólo la abriera con mi marido, para celebrar alguna ocasión especial. Et alors? Falleció, Monsieur Tom. ¿No se acuerda? Por eso la tengo ahí. Es un recuerdo. Vaya… Tampoco se acuerda de mí, ¿verdad? No. ¿Y de su mujer? ¿Recuerda que se marchó de casa? ¿Emma? Sí. Ella se marchó y usted lo hizo a los tres días. La casa está en venta. ¿Y no se puede visitar? No. ¿Qué inmobiliaria tiene las llaves? No lo sé Monsieur. ¿No sabe? Rachid tomó un vaso y lo llenó hasta arriba de vino. Yo encendí un cigarrillo y ofrecí otro a la mujer. Monsieur, esto no debería decirlo, pero guardé una copia de las llaves. ¿Quiere usted ver el piso? Rachid encendió otro cigarrillo. Oui. Vengan conmigo.

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