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Una botella de vino me regaló el presente

Por Alejandra Parejo

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Miro los últimos likes de la foto que acabo de subir. Una foto de hace unos días en una playa, bastante lejos del lugar en el que estoy hoy. Levanto la mirada y veo que entran Marta, Laura y Alberto. Los dos últimos hablan entre ellos. Marta charla por teléfono. Levanto el brazo y les saludo pero bajo la mirada rápido hacia mi teléfono para ver si aquellos globitos rojos que esperan en alguna que otra aplicación quieren decirme algo importante.

 

Estamos sentados en una mesa redonda. Marta sigue hablando por teléfono y los demás nos ponemos al día hablando bajito para que ella pueda seguir con su conversación. Entra Borja y ocupa la silla que faltaba, a mi lado. Cuando por fin Marta cuelga, nos saludamos de nuevo. Y que qué tal el trabajo, que cómo va aquel proyecto, que cuéntame aquello que me dijiste el otro día por WhatsApp, que menudo viajecito según las fotos de Instagram… Y, en el momento en el que empiezo a contar mi viaje, Borja coge su teléfono y, automáticamente, como si hubiera dado permiso para hacer una pausa en la conversación, todos hacen lo mismo. Me asomo a la pantalla de Borja y veo que consulta un periódico de deporte. Cuando voy a coger mi móvil, me doy cuenta de que nada de lo que pasa fuera es más importante de lo que está pasando allí: un reencuentro entre amigos de siempre que hace muchos likes y muchos WhatsApps que no se ven.

 

Levanto el brazo y llamo al camarero, Se acerca sonriente, mira el panorama y me vuelve a sonreír como si quisiera decirme que pobre yo o que pobres ellos. Le pido una botella de Grain de Glace. Ninguno se da cuenta porque están contestando a personas que no están allí, a asuntos que probablemente no urgen, a cosas que seguramente no tienen demasiada importancia. Marta se ríe y arrastra su dedo pulgar y el índice para hacer zoom en algo que yo no puedo ver, Alberto le da la vuelta al móvil para ver mejor un vídeo que suena muy fuerte. Él levanta la vista, vuelve a bajarla y se acerca al teléfono para escucharlo mejor. Miro el reloj: las 22:13h.

 

El camarero trae la botella de Grain de Glace y nos la muestra. Él me guiña un ojo como si estuviera haciendo un teatro para gente que no le interesa en absoluto. Vuelvo a mirar el reloj: las 22:19h. Seis minutos sin que nadie hable en una mesa de cinco personas. Abre la botella y ya puedo oler aquel vino rosado. Me sirve, lo pruebo y siento que está fresco, que está lleno de algo que me da un impulso. Le pido que me deje la botella. La cojo y la pongo encima de la mesa. Doy un par de palmadas y todos me miran, no entienden nada y a mí me entra la risa. Les digo que a partir de ese momento, todos vamos a dejar nuestros teléfonos en el centro de la mesa, igual que la botella. Llenaremos nuestras copas y, uno por uno, contaremos una cosa buena que nos haya pasado esa semana y, hasta que no se termine la botella, no podremos coger ninguno de nuestros móviles. Todos ríen y se miran unos a otros como si estuviera diciendo algo muy raro. Alberto dice que sí, claro, que si pasa algo qué… Y yo le digo que nada es más importante que lo que está pasando aquí. Por fin me toman en serio. Cogen sus teléfonos, les dan la vuelta y los dejan en el centro de la mesa.

 

En la primera copa, descubro que hace tiempo que tengo ruido en la cabeza. Ahora les escucho con claridad, mirándoles a los ojos, sintiendo cada detalle que me cuentan. Marta nos cuenta que esta semana ha firmado la compra del que va a ser su primer hogar, Alberto nos dice que su empresa ha conseguido pasar aquel bache por el que lleva tiempo sufriendo y recalca que lo contó por el grupo de WhatsApp. Ese mismo grupo que yo tengo silenciado y que leo en diagonal. En la segunda copa, cuento mis nuevos proyectos y veo que sus ojos brillan, que Marta apoya la barbilla en sus manos y me mira atenta, que Borja sonríe y Laura asiente cada dos por tres. Además, todos opinan al instante. Deja de existir ese espacio de tiempo vacío y aceptado por todos, ese espacio en el que cuentas algo y el de al lado se abstrae con algún tipo de mensaje que llama su atención, ese espacio en el que las respuestas llegan tarde, suelen ser por inercia y la mayoría de veces no aportan demasiado.

 

Miro la botella de Grain de Glace y veo que está llegando a su fin. Laura me mira, se da cuenta y propone pedir un Brut Tradition Rosé para brindar. Nadie alarga el brazo para coger su teléfono, nadie echa de menos las notificaciones, los likes ajenos o las llamadas desde cualquier otro lugar. Cuando el champagne llega, Laura nos cuenta que quiere brindar porque se va a vivir con Lucas, ese amor de verano que conocimos hace ya más de diez años.

 

Alejandra Parejo

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