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Villamarta 2013 y la memoria de Jerez

Hablar de Jerez es hablar de tiempo. De un tiempo largo, hecho de decisiones acumuladas, de aciertos y renuncias. Pocos territorios vitivinícolas han cambiado tanto —y de forma tan profunda— como el Marco de Jerez.

Durante siglos, Jerez fue vino blanco de viña: vinos secos, capaces de viajar y envejecer. El encabezado y el sistema de criaderas y soleras llegaron después, en el sXVIII y consolidándose en el sXIX, como respuesta a un contexto comercial concreto. Funcionaron, dieron fama y estabilidad, pero también terminaron por ocultar otras lecturas posibles del territorio.

Villamarta 2013 nace precisamente desde esa tensión. No como una ruptura, sino como una pregunta formulada con calma: ¿qué ocurre cuando la Palomino Fino vuelve a ocupar el centro del relato? ¿Cuando el punto de partida vuelve a ser la viña y no el mercado?

La historia de Jerez está indisolublemente ligada a la albariza, y dentro de ella, a los suelos de barajuelas, más exigentes, más lentos, menos complacientes. Son terrenos que obligan a escuchar y a aceptar límites.

En este caso, la reflexión empieza en la viña. Cepas de unos 40 años, trabajadas con poda a moflete, una conducción jerezana que aparece cuando la planta ya no puede —ni debe— seguir en vara y pulgar. No hay romanticismo en ello, sino aceptación del paso del tiempo. Los rendimientos, en torno a 5.000 kg por hectárea, no responden a una voluntad de restricción, sino al equilibrio natural de la cepa. Todo sucede sobre una albariza de barajuelas, de margas laminadas, donde el vino no se fuerza: se acompaña.

Situar este vino en la añada 2013 tampoco parece casual. Fue un año que invitó más a la contención que al exceso, un contexto propicio para pensar el vino desde la precisión y no desde el gesto.

Todavía no he bebido este vino, y eso me parece importante decirlo. Porque antes de la copa está el contexto, y antes de la cata está la intención. Villamarta 2013 importa ya por lo que propone: una forma de mirar Jerez que no necesita disfrazarse de modernidad, porque se apoya en algo mucho más profundo —la memoria del lugar.

Gracias, Willy, por la confianza y por permitirme tener la botella 54/60. Antes incluso de probarlo, Villamarta 2013 ya forma parte de una historia que merece ser contada con tiempo y respeto.

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